|
LITERATURA A PUERTA CERRADA
César Abraham Vallejo Mendoza.
Algunos jóvenes rebeldes de la crítica francesa tocan de tiempo en tiempo temas caldeados y vivientes. Los tocan a manotadas rústicas de pescador inexperto, en correntada o remolino de salón. Es Ribemont Dessaignes ante el lío del sufragio universal; o André Coeuroy ante el problema de la música europea; o Breton, descargando su manguera de vitriolo sobre los forúnculos nacionalistas de post-guerra. Otros ensayistas, como André Maurois en Voyage au Pays des Articoles, se contentaban con sonarse las narices ante lo peliagudo de esos temas; y los demás, como Jean Cocteau en Le secret Profesionel, se hacen la pedicure; o, como el teniente Conceiro de Eca de Queiroz, se lavan el cráneo con agua bendita y yema de huevo.
Uno de estos temas caldeados y vivientes es el de la literatura a puerta cerrada. Tema del día por excelencia. Tema caldeado del cual huyen como lagartijas frioleras casi todos los plumíferos modernos, escapando entre los muebles cubistas del escritorio, volteando el tintero, desgarrándose la robe de chambre por la entrepierna.
–¡Párese! ¡No se asuste! –dice, entrando al escritorio, el hombre elemental al escriba amedrentado– Siéntese usted de nuevo…
El plumífero se sienta otra vez. Porque su estado de espíritu está siempre sentado, es decir, en descanso. Solo que la obra del plumífero no descansa en cuatro patas o como ocurriría con la obra profana de un salvaje analfabeto, sino en una pata, como un mueble Standard, o colgada de una soga en un muro, como un perfecto retrato familiar.
El literato a puerta cerrada no sabe nada de la vida. La política, el amor, el problema económico, el desastre cordial de la esperanza, la refriega directa del hombre con los hombres, el drama menudo e inmediato de las fuerzas y dirección contrarias de la realidad, nada de esto sacude personalmente al escritor de puerta cerrada. Producto típico de la sociedad burguesa, su existencia en una afloración histórica de intereses e injusticias sucesivas y heredadas hacia una célula estéril y neutra de museo. Es una momia que pesa pero no sostiene. Este infecto plumífero de gabinete es, en particular, hijo directo del error económico de la burguesía. Propietario, rentista, con prebendas o sinecuras de Estado o de familia, el pan y el techo le están asegurados y puede escapar a la lucha económica, que es incompatible con el aislamiento individual. Tal es el más frecuente caso económico del literato de gabinete. Otras veces, el escriba se nutre el estómago de un tácito sentido económico, heredado de la sicología colectiva de la que procede. Carece entonces de renta, como vulgar parásito de la sociedad, pero disfruta de un temperamento que le permite practicar una literatura de gran cotización. Sin darse cuenta, posee y pone en juego una serie de instintos de producción, de naturaleza típicamente burguesa, como son los sentimientos y las ideas conservadoras. La anquilosis de su arte, de clausura, corresponde subterráneamente a la anquilosis de sus lectores. En una sociedad de aburridos regoldantes y de explotadores satisfechos, la literatura que más place es la que huele a polilla de bufete. Cuando la burguesía francesa fue más feliz y satisfecha de su imperio, la literatura de mayor prestancia fue la de puerta cerrada. En la víspera de la guerra, el rey de la pluma fue Anatole France. Hoy mismo, en los países donde la reacción burguesa se muestra más recalcitrante, como en la propia Francia, Italia, y España –para no citar sino países latinos–, los escritores de más inmediata influencia son Valéry, Pirandello y Gómez de la Serna, cuyas obras contienen, en el fondo, una exclusiva y evidente sensibilidad de gabinete. Ese refinamiento mental y ese juego de ingenio, trascienden a lo lejos al hombre que goza muellemente y a puerta cerrada.
Frente a esa literatura de pijama, que como el arte confinado de las piezas cerradas tiende actualmente hacia arriba pero para evaporarse, también como ese aire, muy pronto se agolpa ante los pulmones naturales del hombre la libre inmensidad de la vida. Y mientras el señor Regnier puja en su butaca de seda por sacar de su caletre exacerbado un nuevo símbolo poético, el equipo francés de rugby vence, bajo el cielo y con el sudor del músculo, al equipo británico en Colombes.
La vida ha de desquitarse por algún lado.
(Variedades, Nº 1056. Lima, 26 de mayo de 1928)
|